Star Wars: Una Nueva Amenaza

Rumbo a Alderaan

¡Cerrad la rampa de una vez, panda de droides leprosos!, ¡tenemos que salir de aquí ya!

Syleth arrancó la nave poniendo a todo gas los controles de aceleración. El patio de carga se había llenado de soldados de asalto. Entraban como un enjambre, disparando con sus armas de mano contra la nave que se escoraba ya a pocos metros del suelo. Sabía que con esos rifles era casi imposible que pudieran hacerle nada a una nave, y esperaba que aquel trozo de chatarra realmente pudiera aguantarlo, pero cuando los soldados habían comenzado a instalar un blaster de repetición en la entrada del muelle, unas gotas de sudor se habían deslizado por sus lekku, y decidió que no tenía opción. Quizás dañara los motores de la nave, pero no iba a arriesgarse a que les dispararan con ese cañón a bocajarro, así que pisó a fondo. Tenían que salir de ahí cómo el rayo, y al accionar los impulsores laterales tembló al pensar lo que podría llevarle a una antigualla cómo esa ganar los primeros metros contra la gravedad.

Agarraos, que esto se va a menear!
Para su sorpresa, el carguero se movió como un Bantha furioso y su cuerpo menudo se apretó contra el asiento con una fuerza que no había esperado. El droide de latón profirió una elaborada serie de irritantes quejas sobre su habilidad en el despegue, al tiempo que Syleth escuchaba como su torpe corpachón golpeaba las paredes de la estrecha cabina con un restallar metálico. Una serie acompasada de pitidos agudos le dio a entender que su amigo el pequeñín también estaba teniendo problemas de equilibrio, aunque debía haberse agarrado a algo porque sus quejidos terminaron enseguida y pasaron a ser una serie de tuiteos y beeps que la Twi’lek no se molestó siquiera en tratar de descifrar.

Bueno, no ha sido tan difícil, ¿verdad? La próxima vez simplemente acordaos de usar los cinturones de seguridad. Bien pensado, creo que lo mejor será que no haya una próxima vez… ¿dónde te va bien que os deje, muchacho?
¿Me dices en serio que quieres que ponga rumbo a Alderaan? Yo te llevo dónde quieras, guapo, si allí os bajáis, pero Alderaan está en los mundos del núcleo, muy cerca de Coruscant. Quizás quieras pensártelo mejor, ahora que debes tener a media inteligencia imperial tras tus pasos.
Se hizo un largo silencio. Mientras dejaban atrás la atmósfera del planeta desierto, la joven azul se sintió un poco culpable, observándole con sus grandes ojos, mientras pensaba que el chico probablemente no habría podido asimilar la repercusión de los últimos acontecimientos. Además tampoco parecía que él tuviera otro lugar dónde ir, y ella le iría bien evitar los sitios habituales una temporada.

Pensándolo bien (y aunque no me parezca la mejor idea ir allí), reconozco que puede ser interesante preguntar a tus misteriosos contactos a ver si ellos saben algo sobre ese cacharro asqueroso de aquel siniestro oficial imperial, y en general de todo aquello que dijo en la celda… Además, supongo que ofrecerán una recompensa por devolverles sus cochambrosos y corroídos droides, y cómo la nave es mía, ¿no habrás pensado ni por un segundo que voy a dejar que la cobres tú…?

Aunque la Twi’lek le había estado tratando casi cómo a un niño que la irritara desde que salieron de aquella prisión, lo cierto es que tenían una edad similar. Por otra parte, ella parecía “protegerse” de alguna forma tratando de aquella manera hostil a todos los que no le causaban temor.
La diferencia entre ellos, era que la joven llevaba toda una vida sobreviviendo en las calles dominadas por los cárteles Hutt, mientras que él parecía que no sabía dónde se encontraba, ahora que todo el mundo que había conocido se tambalea bajo sus pies…
No tuvieron tiempo de analizar la gravedad de la situación, segun ascendieron tratando de abandonar la atmósfera, un destructor imperial se empezaba a distinguir más adelante, tratando de cerrarles el paso.

Oye, qué habías hecho cuando te encontré en aquella celda imperial. Tus “amigos” se están tomando todo este asunto muy en serio… Syleth viró de forma brusca trantando de dejar a estribor el destructor, mientras buscaba una trayectoria que les sacara de la órbita del planeta sin tener que pasar por delante del mastodonte cargado de turbobaterias que trataba de cerrarles el paso.

3PO no habia parado de hacer preguntas desde que subiera a la nave, y su nerviosismo iba en aumento a medida que Tatooine se iba convirtiendo en una brillante bola dorada. Se avalanzó sobre los asientos delanteros, exigiendo una explicación sobre el paradero de Ben y su amo Luke, pero Syleth estaba aturdida. No podía creer el agil comportamiento de aquella carraca… ni que en su pantalla, dos destructores más se estuvieran acercando por la popa. ¡Estaban perdidos si no saltaban al hiperespacio! y en aquel cacharro los cálculos podrían llevar minutos… con suerte.

El droide insistió en que habían robado esa nave y tenían que regresar a la superficie, y siguió estorbando con sus torpes brazos dorados sobre la consola de mando.
¡Jet, aparta a ese trozo de chatarra, estoy tratando de sacarnos de aqui de una pieza! La cazarrecompensas comenzó a hacer maniobras defensivas, maravillada por cómo estaba respondiendo la nave, al tiempo que los cañones delanteros del primer destructor parecían estar en alcance y comenzaban a abrir fuego.

Tras la descarga inicial, el copiloto (que a duras penas resistía las preguntas del drioide de protocolo) tomó el mando, mientras ella trataba de introducir el rumbo en la computadora de hipersalto. La máquina empezó a hacer operaciones de una manera tan frenética, que parecía haberse vuelto loca. Syleth pensó que su suerte había terminado, y el navicomputer estaba totalmente desconfigurado, o quizás roto. Le dió unos golpes pensando que no iban a tener el lujo de poder arreglarlo antes de morir acribillados.
Entonces el Halcón se sacudió por dos impactos, y con cada uno el pensamiento de que aquella nave no sobreviviría a un turbolaser imperial se le cruzó por la cabeza.
Devolvió su atención a la consola de pilotaje, y no pudo creer que los escudos estuvieran recargándose después de recibir aquella salva. Tiró bruscamente de los controles tratando de hacer un rizo hacia el lado contrario, y continuó haciendo piruetas durante unos instantes que se le hicieron eternos, hasta que sintió de nuevo que les habían vuelto a alcanzar. No sabía que clase de blindaje le habría puesto Han a aquel viejo YT-1300, pero por muy fuerte que fuera, los pilotos que se iluminaban en la consola de control de daños le indicaban que no podrían aguantar muchos impactos directos más…

Los destructores habían comenzado a ponerse en posición, y cada vez resultaba más dificil esquivar el fuego acoplado de aquellos 3 formidables ingenios de guerra. La situación era más desesperada a cada momento: el pequeño R2 “beep-eaba” enfurecido, mientras la actitud del irritante 3PO se volvia más osada. Syleth pidió a gritos que se lo llevaran de la cabina, y Jet se volvió hacial el droide, y cogiéndolo del pescuezo, se lo llevó a empujones hacia la zona principal de pasajeros. El droide pataleaba indefenso mientras no paraba de chillar ultrajado, insitiendo en lo humillante e injusto que le parecía aquel tratamiento.

Cuando por fin la cabina se quedo en calma, la Twi’lek se preparó para iniciar una nueva serie de maniobras desesperadas para evitar el terrible fuego que se estaba concentrando sobre ellos. Entonces vió como la luz verde de la computadora de navegación se encendía, dando a entender que el salto al hiperespacio estaba listo. La joven tardó unos instantes en asimilarlo: probablemente el cacharro estaba roto, o sencillamente había calculado una ruta absurda que les llevaría directamente contra una estrella, o tal vez demasiado cerca de una supernova…

Pero no tenían otra opción, algunas chispas habían empezado a saltar del cableado con el último impacto, y dudaba que pudieran a aguantar otro más. Activó las palancas de salto deseando no estar cometiendo un error fatal.

Tan pronto cómo las estrellas formaban un deslumbrante espectaculo al entrar en el hiperespacio, Syleth se levantó de la silla y se dirigió hacia los bulliciosos pasajeros. Para tratar de contenerse de arrojar por la escotilla a los escandalosos droides, se concentró en pensar la suculenta recompensa que ofrecería la Rebelión por la quejumbrosa pareja y la información que debían poseer.

¿Cómo qué esta nave es robada? –La Twi’lek dudó ligeramente al contestar, y volvió la vista a los droides, evitando la curiosa mirada del muchacho, que apenas se había dirigido a 3PO Por supuesto que no… Se llama el “Halcón Milenario”. Un nombre un tanto ridículo, lo sé, pero lo cierto es que… la tengo a medias con un socio, y el nombre se lo puso él. Pero no te preocupes, no creo que él vaya a necesitarla en algún tiempo.

Jet perdió la paciencia cuando el insitente droide volvió a preguntar por sus amos, y terminó por desenchufarlo. Su pequeño compañero bufó una seríe de pitidos airados, y salió de la sala común a toda prisa.

Se quedaron en un incómodo silencio, si acaso, el leve zumbido de los motores sólo hacía más patente la tensión, así que ella volvió a romperlo, hablando un tanto nerviosa:
Bueno… hemos saltado al hiperespacio con rumbo a Alderaan. Aunque hayas cambiado de opinión con respecto al destino, ya no hay forma de saber donde nos llevará esta antigualla… La Twi’lek parecía disfrutar poniendo en apuros al joven, a menudo a él apenas le daba tiempo a contestar cuando ya le estaba soltando otra puya.
…si esa es tu decisión final, no se hable más. Cuanto antes nos vayamos cada uno por su lado, tanto mejor. dijo ella dándose aires mientras se alejaba hacia el pasillo de los camarotes – Volvió a dirigirse a Jet sin siquiera girarse para mirarle:
No creo que haya menos de 300 parsecs a Alderaan desde aquí. Una nave normal podría cubrir unos 35 parsecs por hora, pero no lo lograríamos con los motores de este trasto.
Pasaron apenas unos segundos, cuando volvió a hablar Calculo que tenemos todavía unas 12 o 15 horas de viaje por delante, así que ponte cómodo y procura no tocar ningún sistema. Este cacharro parece que va a caerse a pedazos al menor estornudo, y con tantas modificaciones al diseño original, temo que hasta tocar la cosa más inocente pueda ser desastroso…- La Twi’lek parecía haber encontrado su ritmo, y no paraba de dar instrucciones, como una auténtica capitana. Yo me voy a descansar un poco, que ha sido un día muy movido

La verdad es que la nave parecía vieja y daba pena, aunque se reconoció a si misma que empezaba a parecerle interesante cuando empezó a deambular por ella. Saltaba a la vista que ningún solo sistema había sido dejado sin modificar. Hasta la maldita la luz del baño era insultante. La habían cambiado por un modelo inferior y era tan débil que resultaba insuficiente siquiera para poder mirarse al espejo, pero pensó que con una mano femenina (y algunas reparaciones) podría ser una nave competente.
La pintaría en cuanto tuviera oportunidad, eso le daría algo de anonimato, y pensó que el negro brillante le sentaría bien a ese diseño, le daría personalidad, y le devolvería un poco de dignidad. Con un poco de suerte hasta habría algo de valor en la bodega para vender, y con eso podría pagar las primeras piezas de recambio para dejar a punto aquel trasto…
Caminó decidida hacia la zona de carga, examinando lo que veía mientras buscaba el mejor camarote para instalarse. Seguro que Han Solo, azote de las mujeres, tendría un acogedor nido de amor en medio de ese vertedero volador, pensaba mientras caminaba alegre revolviendo lo que veía.
En su mente ya había comenzado a verse acomodada en aquella nave cuando volvió a la cruda realidad. No tardó mucho en sorprenderse del reducido espacio que había en aquel maldito carguero coreliano. Parecía que las mejoras del motor, misiles y demás chatarra, apenas habían dejado espacio de carga, y también se había reducido el sitio para el camarote del capitán.
Aun así, había sido mucha excitación para un solo día de trabajo, por lo que pronto se decidió a acostarse un rato en la desordenada cama de Han. Mientras se acurrucaba, comenzó a pensar en que debía revisar los pertrechos que les había “requisado” a Han y Chewie. Se había mostrado muy cauta cuando los había atado, y había escondido las armas en uno de los compartimentos ocultos de la nave, así que debían estar allí. Los soldados imperiales habían salido acarreando con los contrabandistas delante de ella a toda prisa, y el maldito capitán Sullust había estado hablando con ella todo el rato, persuadiéndola de alguna forma para que les acompañara al centro de detención imperial.
Aún estaba organizando en su cabeza todos los recuerdos de lo que había sucedido hacía apenas unas horas, pero no entendía cómo la había podido persuadir para que la acompañara, aunque estaba convencida de que a estas horas la inteligencia imperial estaría buscándola ya por toda la galaxia, y el mero recuerdo de la celda imperial le dio escalofríos mientras se dormía.
Cuando despertó un rato más tarde, se dio cuenta de que había estado soñando con los antiguos dueños del Halcón. No podía quitarse de la cabeza el recuerdo del enorme wookie cayendo sobre la rampa de carga como un enorme muñeco peludo, o como Han casi la había sorprendido en el pasillo.
Una parte de ella se sentía mal. No dudaba que ese par de granujas sin duda se merecían que Jabba hubiera puesto precio a sus cabezas, pero para ella había una cierta “ética” entre los buscavidas, y entregarlos al imperio era claramente algo de lo que no podría jactarse en los tugurios de Naar Shada cuando alguien le pidiera que contara la historia en la que se contaba cómo Syleth había dado caza al dúo estrella del poderoso Jabba el Hutt…
Esos cerdos de la inteligencia imperial tenían la peor fama de todos aquellos asesinos de uniforme. Bueno, de todos menos Darth Vader, el verdugo del emperador. Intentó dejar de pensar en cosas macabras. Toda esa historia de los asesinos Jedi que había oído en la celda imperial, y el dolor que había sentido emanar del artefacto infernal del capitán Sullust se negaban a dejar su cabeza y le estaban poniendo nerviosa recién despertada, así que se levantó y se puso a revisar sus ropas y equipo. Cuando terminó, rebuscó en el armarito minúsculo que había en el camarote, a ver si encontraba alguna cosa de interés, o algo de ropa de repuesto de Han que no le gustara mucho para ella (nunca se sabe).
Aunque le divertía mucho la idea de ver al muchacho andar de acá para allá en esa aburrida ropa interior imperial (terriblemente sosa para su gusto, por otra parte), no le apetecía nada la idea de que la relacionaran con un sujeto cuya idea del estilo personal era deambular en calzoncillos (¡y encima tan feos!). A fin de cuentas – pensaba la Twi’lek, las apariencias eran una parte muy importante del negocio, y una tenía un alto estándar que mantener. No le iban a ir ofreciendo contratos jugosos por la galaxia, si acostumbraba a llevar a mendigos desharrapados en su nave, droides mugrientos y medio rotos, y en general, a ir por ahí haciendo el ridículo…

Al final cogió unos gastados pantalones con raya y una camisa que pensó en darle a Jet más tarde (después de probárselos), y salió del diminuto camarote con idea de darse una ducha para ver si lograba sacarse la arena del maldito Tatooine de los lekku…

Se sintió mucho mejor cuando estuvo bajo el agua tibia y notó como la mugre de aquel arenoso mundo la abandonaba. Aúnque su ánimo mejoraba, sus instintos le decían que no debía fiarse nada de un tipo que era un imperial condenado… por inocente que pareciera. Además, les habían tratado de capturar nada menos que tres destructores, así que debía haber hecho algo muy grave en Tatooine. Por si fuera poco, aquella irritante cohorte de mugrientos droides le ponía nerviosa, siempre parloteando incesantemente, preguntandolo todo y caminando detrás de ella, pendientes de todo lo que hacía.

Estaba disfrutando de aquella ducha cuando se apagaron las luces y el agua dejó de salir. Profiriendo toda clase de insultos, la empapada Twi’lek buscó a tientas una toalla para salir a ver qué diablos había fallado esta vez.

Se había detenido junto a Jet cuando le pareció escuchar un ruido bajo sus piés, y su sorpresa fué mayúcula cuando levantando el suelo con una mano, mientras sujetaba habilmente la toalla con la otra, vieron que se trataba de la unidad R2. El pequeño malnacido había sacado una sierra de su carcasa y había cortado un puñado de cables que llevaban el suministro eléctrico del generador auxiliar. Le gritó a Jet que se encargara del pequeño saboteador mientras ella iba a por sus ropas (y el blaster, por si aquel droide maniaco no atendia a razones), pero apenas había dado un par de pasos cuando escuchó el gemido de dolor del joven, y notó la peste a carne quemada saliendo de la rejilla donde forcejeaban humano y dróide.

Entonces se quedó paralizada un instante, incapaz de asimilar todo lo que se le venía encima: Estaba chorreando, a oscuras y apenas cubierta por una raida toalla en una nave que se caía a pedazos, donde sus pasajeros eran un par de desagradecidos droides que trataban de sabotear la nave. Por si fuera poco, las luces y pitidos de proximidad del ordenador de navegación habían empezado a informar hacía unos instantes de que estaban saliendo del hiperespacio, y de manera inmediata un ruido de rocas comenzó a golpear violentamente el casco de la nave forma creciente, y de inmediato reconoció que habían ido a parar en medio de un campo de asteroides: parecía que finalmente habían llegado a su destino, y estaban en grave peligro de nuevo.

Sus piés desnudos resbalaron sobre el pequeño charco que se había empezado a formar bajo su cuerpo, y su puño se cerró violentamente sobre la empapada toalla tratando de controlar la ira que se arremolinaba en su cabeza. Al borde de la furia se dirigió hacia el puente…

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SergioAchinelli Sylune

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